Cuando se hace el recuento de los principales hitos en la construcción de la paz en Colombia durante el último siglo, el Acuerdo Final de Paz de 2016, conocido como Acuerdo del Colón, ocupa un lugar central. En esa secuencia histórica suelen mencionarse el Plebiscito de 1957, que puso fin a una década de dictaduras civico – militares y abrió el camino al Frente Nacional bipartidista del Estado de Sitio; los acuerdos de paz con el M-19, el EPL, el PRT, el Movimiento Armado Quintín Lame y la Corriente de Renovación; y la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, que dio origen a una nueva Constitución y definió la edificación de un Estado Social y Ambiental de Derecho como el marco para hacer realidad el derecho a la paz. También se incluye el desmonte parcial del paramilitarismo en 2005.
El Acuerdo del Colón representa un nuevo punto de inflexión en esa trayectoria. Su propósito fue cerrar el ciclo histórico de confrontación entre el Estado y las FARC-EP, el más prolongado de América Latina, y crear las condiciones para desmontar las estructuras de la guerra, avanzar en la superación del legado del paramilitarismo, completar la paz con los grupos y sectores que no firmaron el pacto del 2016 y abrir la posibilidad de una transición hacia una paz estable, con mayores niveles de democracia, inclusión y presencia efectiva del Estado en los territorios más afectados por el conflicto.
No sorprende, por ello, que el acuerdo haya recibido valoraciones de excepcional importancia. Al recibir el Premio Nobel de Paz, Juan Manuel Santos lo definió como “el acontecimiento más importante para Colombia en varias generaciones”. Por su parte, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, lo calificó ante el Consejo de Seguridad como “uno de los acuerdos de paz más completos y ambiciosos del mundo”. En consonancia con esa valoración, el Consejo de Seguridad estableció un mecanismo excepcional de seguimiento mediante informes trimestrales sobre su implementación, reconocimiento poco frecuente en la historia reciente de las operaciones de paz de las Naciones Unidas.
El papa Francisco también quiso acompañar ese momento histórico con su visita a Colombia en septiembre de 2017. Su mensaje sintetizó el espíritu del proceso con una frase que trascendió el contexto religioso para convertirse en un llamado universal: “Cada esfuerzo de paz, por pequeño que parezca, siempre será más grande que cualquier guerra.”
Más allá de las controversias sobre su negociación, refrendación e implementación, existe un amplio consenso en que el Acuerdo de 2016 constituye uno de los acontecimientos políticos e institucionales más trascendentales de la historia contemporánea de Colombia. Su verdadera dimensión no reside únicamente en haber puesto fin a la confrontación con la principal guerrilla del país, sino en haber propuesto una ruta para la transformación profunda de las relaciones entre Estado, democracia, desarrollo territorial, justicia y construcción de paz.
Diez años después volvemos la mirada al texto del Acuerdo del Colón y a la historia de su implementación:
¿En qué va la gran apuesta de dejar atrás los conflictos armados y pasar a una era de construcción de paz en paz? ¿La reforma rural integral ha cambiado la realidad del campo colombiano dando su lugar a la economía campesina y a los planes de vida de los pueblos étnicos? ¿Hay un giro radical en el tema del narcotráfico y en la sustitución de economías con violencia? ¿La justicia transicional de paz ha mostrado su potencial restaurativo y de aporte a la verdad y a los derechos de las víctimas? ¿El tránsito a la vida civil de los excombatientes ha creado un nuevo paradigma para la convivencia? ¿Las reformas políticas han cambiado la realidad de la participación y de la democracia para los partidos y en el sistema electoral?
sigue….






