Por. Eliecer Banguero
Las desalentadoras noticias que sacuden a municipios como Guachené y Puerto Tejada, en el norte del departamento del Cauca, evidencian una profunda orfandad institucional. Entre la impotencia y la angustia, miles de ciudadanos observan el deterioro acelerado de su entorno y se preguntan con incertidumbre cuál será el futuro de sus comarcas. Hoy ven drásticamente disminuidos los ingresos por industria y comercio, mientras el fantasma del desempleo masivo cobra una fuerza aterradora.
El impacto es devastador a nivel institucional y comunitario. En municipios como Guachené, cuyos ingresos fiscales permitían financiar educación superior e incluso posgrados en universidades privadas para una gran parte de sus jóvenes, hoy la realidad es trágica: la administración local enfrenta serias dificultades para estar al día con el pago de nóminas, servicios públicos y seguridad social de sus empleados.
Esta debacle económica se desencadenó tras la insolvencia del Ingenio La Cabaña —histórico motor de desarrollo y fuente principal de sustento para incontables familias nortecaucanas—. A este duro golpe se suma el fenómeno impune de las invasiones a tierras agrícolas. Gran parte de los grandes productores, al tener sus predios ocupados de manera forzosa, se escudan legalmente en la imposibilidad de hacer uso de sus tierras para suspender el pago del impuesto predial, ahogando aún más las arcas municipales.
El golpe más reciente a este tejido productivo se conoció el pasado viernes 31 de julio, cuando los trabajadores del Grupo Carvajal (reconocido históricamente en la región como Propal) hicieron público en redes sociales el cierre definitivo de sus operaciones en la zona. La asfixia provocada por la importación masiva de papel de bajo costo y la digitalización global impulsada por las políticas de “cero papel”, le pusieron la estocada final a esta planta. Con su salida, cientos de trabajadores y familias quedan en un limbo social dentro de una región donde la creciente violencia ya había cercenado previamente los sueños y el deseo de emprender.
Pero lo más preocupante de esta tragedia no es solo la quiebra empresarial; es el ensordecedor silencio estatal. Este Norte del Cauca, que en época de elecciones suele ser el botín y epicentro de encendidas disputas políticas, hoy parece olvidado por todos. Nadie habla, nadie actúa. El liderazgo regional parece anestesiado, al igual que la Gobernación del Cauca, cuya respuesta dista mucho de la urgencia que demanda la crisis. Que miles de familias se queden sin sustento en los municipios catalogados entre los más violentos de Colombia no ha sido razón suficiente para activar un plan de choque o una emergencia económica departamental.
Ante este panorama de desamparo, pérdida de empleo y violencia desbordada, la comunidad nortecaucana se debate entre la indignación y la deriva. La pregunta retumba en cada esquina de Guachené y Puerto Tejada: ante la ausencia de Estado y la indiferencia de sus gobernantes, ¿quién podrá salvar al Norte del Cauca?







