El tufo fascista

por

Leonardo González Perafán

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El tufo fascista

Leonardo González Perafán

Julio/2026

Hace más de treinta años, en una clase de Derecho Constitucional en la Universidad del Cauca, un profesor nos hizo una advertencia que nunca olvidé: el fascismo casi nunca llega diciendo que es fascismo. Llega hablando de patria, de orden, de seguridad, de autoridad, de recuperar el país y de derrotar a quienes presenta como sus enemigos.

El nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella reúne varios rasgos que históricamente han acompañado a los proyectos de extrema derecha autoritaria y que deberían preocupar a cualquier demócrata.

El primero es el lenguaje. No se habla de adversarios políticos sino de enemigos. No se propone debatir con la izquierda sino “destriparla”. Esa no es una expresión cualquiera. Es un lenguaje que deshumaniza al contradictor y presenta su eliminación política como un objetivo deseable.

El segundo son los nombramientos. Varias de las personas designadas para ocupar ministerios y altos cargos han construido buena parte de su trayectoria cuestionando derechos conquistados por las mujeres, las personas LGBTIQ+, la educación con enfoque de género, el proceso de paz o el alcance de los derechos humanos. Un gobierno tiene derecho a tener una orientación ideológica, pero cuando esa orientación se traduce en desmontar garantías y reducir libertades, la preocupación deja de ser partidista y pasa a ser democrática.

El tercero es la idea de que los problemas sociales deben resolverse principalmente desde la fuerza. El énfasis permanente en la militarización de la seguridad, el protagonismo otorgado a los uniformados y propuestas como la creación de bloques de seguridad civil transmiten el mensaje de que la autoridad está por encima de los derechos, cuando en un Estado democrático debería ocurrir exactamente lo contrario.

A esto se suma la admiración por gobiernos de extrema derecha que han hecho de la mano dura, la persecución de la oposición y la concentración del poder una forma de gobierno. Estados Unidos, Argentina y El Salvador aparecen como referentes de autoridad, castigo y orden, más que como modelos de democracia, pluralismo y garantías.

Lo más inquietante es que este clima político empieza a coincidir con la aparición de expresiones que hace pocos años parecían impensables en Colombia. En Valledupar desfilaron personas exhibiendo banderas y simbología nazi, un hecho que generó rechazo y una investigación por parte de las autoridades. Al mismo tiempo, en distintas ciudades comienzan a circular convocatorias para grupos de “seguridad civil” y entrenamientos tácticos con nombres como “Tercera Fuerza”, que hablan abiertamente de “guerra civil”, utilizan una estética militarizada y reproducen símbolos y lenguajes propios de la extrema derecha radical.

No se trata de hechos aislados. Son señales de un clima político donde la violencia verbal, la idea del enemigo interno y la exaltación de la fuerza empiezan a normalizarse. La historia demuestra que el fascismo nunca apareció de un día para otro. Primero llegaron las palabras. Después la estética. Luego los grupos que se sintieron autorizados para actuar en nombre de la patria, el orden o la nación. Finalmente, cuando la sociedad quiso reaccionar, ya era demasiado tarde.

El discurso de Abelardo de la Espriella, los nombramientos de funcionarios que han anunciado retrocesos en derechos, la reivindicación permanente de la autoridad militar, la descalificación de los derechos humanos como un obstáculo para la seguridad y la construcción de la izquierda como un enemigo al que hay que “destripar” no pueden analizarse por separado. Son piezas de un mismo relato político.

La democracia no se pierde únicamente cuando se cierran los congresos o se suspenden las elecciones. También empieza a debilitarse cuando se normaliza la idea de que hay ciudadanos con menos derechos, opositores que merecen ser aplastados y libertades que pueden sacrificarse en nombre del orden.

Ojalá la historia no se repita. Pero ignorar las señales nunca ha sido una buena forma de defender la democracia.

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