Tribulaciones en el laberinto ¿Cuál transición? por Camilo González Posso

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Camilo Gonzalez Posso

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Tribulaciones en el laberinto ¿Cuál transición?

Por Camilo González Posso

Presidente del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz – INDEPAZ

Bogotá D.C. abril de 2023

El programa del Pacto Histórico y su estrategia de Acuerdo Nacional para el cambio, convertidos en guía del gobierno de Gustavo Petro, son una oportunidad para la transición a un periodo de construcción de paz con democracia de solidaridad y buen vivir en la post guerra. Es un desafío cuyo éxito puede evitar nuevas violencias, autoritarismo y reacomodo del régimen corporativista. En un escenario de más crisis y polarización tendría un nuevo aire la múltiple alianza de mafias, feudos políticos, narcoparamilitarismo y captura del Estado por los agentes de un modelo de acumulación y poder basado en las armas y en la corrupción.

Transición política desde la guerra a la convivencia democrática

En estas reflexiones se pretende hablar de la transición como una fase de ruptura en una sociedad concreta que puede llevar a un reacomodo de estructuras o a una dinámica que abre la posibilidad de un periodo histórico de cambios con ampliación progresiva de las fronteras del buen vivir.

Esta idea de la transición como fase de ruptura es tomada de la teoría del cambio en sistemas dinámicos alejados del equilibrio. También se puede entender como momento excepcional que se da en la crisis de sistemas abiertos y puede llevar a una nueva situación en la cual se recompone lo viejo bajo nuevas formas, o se abre paso un proceso creativo hacia nuevos paradigmas. En esta visión no hay determinismo ni causalidad lineal; hay probabilidades e incertidumbres. Y, como se trata de procesos de sociedad, su desenlace depende del choque de sujetos, poderes, fuerzas de transformación y reacción.

En el caso de Colombia la transición se puede pensar entre una sociedad en crisis históricamente determinada por un régimen de poder, que ha estado inmersa en guerras y conflictos armados por más de siete décadas y, al otro lado una sociedad de convivencia pacífica con dinámica de cambios estructurales.

No estamos hoy ante la posibilidad de una transición entre capitalismo y alguna forma de anticapitalismo. El dilema real de esta fase de transición no es entre reforma y revolución sino entre la sociedad de las guerras para la exclusión, con dictaduras armadas regionalizadas, y la sociedad de las reformas de equidad, justicia social y de construcción desde abajo de una democracia participativa y de solidaridad.

Esa transición desde la guerra y sus violencias asociadas, a la convivencia democrática conflictiva y en paz, es una revolución en sí misma, e inimaginable sin reformas y sin desencadenar poderosas fuerzas de cambio. Como dice Vera Grave: “la revolución es la paz” en una sociedad en la que la guerra prolongada y el Estado de Guerra se han transformado en otra forma de la contrarreforma y anti revolución.

La probabilidad del acuerdo nacional para el cambio

La posibilidad de un salto a una nueva etapa histórica en Colombia se da por la confluencia de la emergencia de poderosos y explosivos movimientos sociales, de un abanico de expresiones políticas democratizantes que chocan con el régimen tradicional y de un gobierno que por primera vez en la historia de Colombia está encabezado por una izquierda socialdemócrata pacifista.

Enfrentadas a este impulso de cambio están aquellas fuerzas que empujan en otra dirección buscando recomponer la crisis a favor del viejo orden, ya sea con nuevas modalidades del autoritarismo neoliberal o con pequeñas reformas aplicando la estrategia de “controlar la explosión” que reclamaron desde la inteligencia del statu quo cuando estallaron las protestas en 2021.

En el escenario político no se enfrentan de un lado las fuerzas del cambio y del otro las del viejo régimen. El símil no es con el paralelogramo newtoniano sino con el choque e interacción entre subconjuntos en ebullición que disputan poderes a diverso nivel entre sí y a su interior. El escenario político incluye lo aleatorio y la turbulencia.

Estadio social de rebeldía difusa

La dinámica de cambio está dada por la ya mencionada emergencia de movimientos sociales que conjugan la resistencia frente a las imposiciones del modelo neoliberal, con la rebeldía ante un sistema global y local que no ofrece opciones de vida a la juventud, precariza el trabajo manual e intelectual, reproduce el patriarcado y la inequidad, destruye al campesinado, acentúa la opresión a los pueblos étnicos, choca con las aspiraciones de igualdad de las mujeres, asfixia a las culturas y al arte, profundiza la brecha entre las nuevas revoluciones del conocimiento y la posibilidad de apropiación de los avances de la ciencia y la técnica.

Es lo que se ha llamado la “explosión social”, que en Colombia involucró a millones de personas en protestas radicales pacíficas entre 2019 y 2021, con impacto en el 80% del territorio nacional incluidas poblaciones rurales y las medias y grandes ciudades.

Este estado general de rebeldía, de insubordinación desde la cotidianidad, desde lo pequeño que sintetiza todo, y con una conciencia que choca con las claves de un sistema que ofrece poco como presente o futuro a las mayorías.  Es una rebeldía de resistencia, desde la desesperanza, que rechaza los símbolos de dominio y exclusión, sin que por ello se unifique en alguna utopía: no acepta el actual estado de cosas y tiene como bandera la exigencia de cambios radicales y de reivindicaciones inmediatas de mitigación de vulneración y desposesión.

Lo que está en curso se expresa por oleadas, sectores, territorios y puede volver a ser explosión generalizada o sumatoria de protestas dispersas radicales. Se combina la expresión de desesperanza e indignación, en sectores de esa sociedad en rebeldía, con una revolución de conciencia en parte de la sociedad que soporta cada vez menos el estado de cosas impuesto. En forma consciente o intuitiva, en el sentido común de una franja de la sociedad se rechaza el régimen de las mafias y la corrupción, la cleptocracia de los partidos y de los empresarios que asaltan el erario y legalizan la usura y los mecanismos de enriquecimiento ilícito y oligopólico.

Ese estado de rebeldía ha podido constituirse por el espacio que se abrió con los acuerdos de paz construidos entre 2012 y 2016, por la interacción con movimientos políticos democratizantes que se han expresado en estas décadas en contra de la guerra, el paramilitarismo y contra los gobiernos represivos neoliberales. Se ha dado una rebeldía sin armas, no obstante el peso de las armas en la política y en la vida social; una rebeldía que no mata y que choca incluso con los armados que creyeron ser redentores y a su pesar se han convertido en instrumentos de opresión.

Ese soporte de los cambios desde la base de la sociedad puede potenciarse desde iniciativas y hechos del gobierno del acuerdo nacional, o por el contrario puede disiparse. Los estrategas inconscientes de desinflar el estado de rebeldía, de lo que llaman algunos la “explosión controlada”, tienen su mayor apuesta en el desencanto con las promesas del Pacto Histórico. Semejante control sin soluciones puede llevar a frenos coyunturales en la línea del cambio y preparar en realidad explosiones mayores.

La coalición inédita inestable

El estado de rebeldía se expresó en las elecciones de 2022 apoyando al Pacto Histórico, a los Verdes y otros agrupamientos políticos de izquierda y centro izquierda liberal; hizo posible la alianza democrática que apoyó la candidatura de Gustavo Petro y su triunfo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales con 51% de los votos.

La coyuntura política electoral mostró una derrota significativa de las fuerzas partidistas representativas de la derecha que perdieron en la primera vuelta frente a Petro; también perdieron con el candidato moderado Rodolfo Hernández que canalizó al centro derecha y a sectores inconformes con el régimen, pero desconfiados con la izquierda encabezada por el Pacto Histórico y su candidato.

Después de la segunda vuelta y de la instalación del nuevo Congreso de la República, el movimiento de Rodolfo Hernández se disolvió y los partidos tradicionales del régimen que lo habían apoyado, incluido el Centro Democrático encabezado por el expresidente Álvaro Uribe, quedaron momentáneamente sin brújula y a la defensiva.

Pero el poder de la calle no se traduce automáticamente en poder político. El desprestigio de los partidos políticos tradicionales no logra desestructurar su capacidad de controlar instituciones y aparatos dedicados a usurpar el poder mediante el clientelismo, la corrupción, la compraventa de votos, el reparto de puestos y la captura del Estado. Eso se observa en la permanencia del control del Congreso de la República y en que el avance sin antecedentes de la representación de la izquierda y el centro independiente no alcanza a tener mayoría ni en el Senado ni en la Cámara de Representantes.

El gobierno de coalición nacional que se formó al iniciar el gobierno de Gustavo Petro es resultado de la emergencia de nuevas fuerzas y de sus limitaciones. Los partidos tradicionales –Liberal, Conservador, de la U- debilitados, pero aún de peso en el Congreso y en los poderes regionales, se declararon partidos de gobierno y acogieron el llamado a un Acuerdo Nacional para el cambio. Se quedaron por fuera el Centro Democrático y Cambio Radical.

Parte importante de la derecha clientelista que ha gobernado o cogobernado desde el siglo XIX, mutando de tanto en tanto al ritmo de las guerras, decidió entrar a la alianza con el Pacto Histórico. En medio de su desconcierto por la derrota electoral esos partidos entendieron que, si no se montaban en la ola del cambio, su crisis sería mayor y que estando adentro del gobierno tendrían más oportunidad de recuperarse, mantener posiciones burocráticas, acceso a presupuestos, control de clientela en departamentos y poner el freno a las reformas más radicales.

Para el Pacto Histórico ese gobierno de Acuerdo Nacional es parte de la estrategia de Paz Total que busca una convergencia, con diversos y hasta opuestos, en puntos clave para desactivar todo uso de las armas en la política y en la disputa por riquezas. No solo responde al reconocimiento de la debilidad en el Congreso para sacar reformas progresistas, sino a la urgencia de desmontar la polarización, los discursos del odio, el paramilitarismo, toda justificación para la justicia por mano propia. El pacto político busca la condena al despojo o a la muerte por ideología o divergencia política. Además, la coalición izquierda – derecha, es un intento en medio de un frágil equilibrio de concertar dentro del gobierno y en el Congreso algunas reformas que respondan a las exigencias sociales que se han expresado de manera explosiva y siguen vivas.

La posibilidad de romper el freno o bloqueo que ha montado el régimen dentro y fuera del gobierno es la permanencia de la movilización social, de modo que el eje del acuerdo nacional sea la alianza entre las fuerzas políticas de la izquierda “realmente existente” y la insubordinación social pacífica. El ganar tiempo y espacio para fortalecer esa alianza con pueblo de todos los colores, es lo que puede dar sentido de cambio a la confluencia con sectores de los partidos tradicionales y del poder económico. Es una apuesta audaz y de alto riesgo que asumió Petro en los primeros meses ante la opción de un gobierno radical en el programa, pero paralizado desde el inicio en un país dividido y en escalada de crisis al estilo de Perú e incluso de lo que ocurre en Chile con un joven gobierno bloqueado.

Es una difícil construcción en la que se quiso ganar tiempo para que la crisis o las crisis que se vienen se canalicen a la confrontación pacífica y no a una escalada de nuevas violencias o de peores guerras mafiosas y de todo tipo.

En la correlación actual de fuerzas es poco probable que se aprueben las reformas inicialmente diseñadas por el gobierno, pero con la coalición heterodoxa, y en medio de gran movilización, pueden intentarse acuerdos parciales que signifiquen una mejora para la población y en especial por los más vulnerados en la crisis de la pandemia y en las crisis que siguen.

Ya ocurrió un acuerdo parcial con la reforma tributaria aprobada en 2022, que le ha permitido al gobierno contar con un plus de 80 billones de pesos para reforzar el gasto social y de apoyo a la economía popular en el cuatrienio. Es la primera reforma tributaria que en estas décadas se sale del molde neoliberal, que no se basa en la ideología que entiende el crecimiento como resultado de exenciones y subsidios a las grandes empresas, al capital financiero y al extractivismo. Al mismo tiempo, y sin menospreciar ese sello progresivo, fue una reforma de compromiso con los grandes grupos económicos y con las grandes fortunas, cuyas nuevas obligaciones no sobrepasan lo que aportaron al principio de siglo como impuesto para la guerra.  

Si no se precipita una crisis en el debate del paquete de reformas sociales – a la salud, trabajo y pensiones – la coalición puede fracturarse al iniciar la campaña para las elecciones de gobiernos territoriales que se realizarán en octubre de 2023. En algún momento las fuerzas del viejo régimen le darán prioridad a buscar el fracaso del gobierno encabezado por el Pacto Histórico y a su estrategia de oposición abierta para la retoma del gobierno en 2026. Se tendrá una campaña prematura desde 2024.

Desactivar las confrontaciones armadas que persisten

El acuerdo nacional incluye desactivar las confrontaciones armadas que persisten a pesar de los importantes logros de hecho derivados del acuerdo final entre el Estado y las FARC-EP. El gobierno de Petro incluye en la paz total conversaciones de paz con grupos armados rebeldes y otras jurídicas con estructuras armadas criminales de alto impacto. Los objetivos son disminuir radicalmente las violencias asociadas a conflictos armados y que impactan a la población, las economías y condiciones de existencia; dar respuesta a las necesidades de las comunidades en subregiones que han estado sometidas a críticas situaciones de guerra y agresión armada; lograr acuerdos de terminación de uso de las armas por negocios o por objetivos de poder; desarticular complejos del multicrimen, de macrocriminalidad; lograr pactos de terminación de la lucha armada de organizaciones guerrilleras.

Los instrumentos o tácticas hacia esos objetivos dependen de la historia y carácter de cada grupo, reconociendo sus diferencias e intereses. Y los resultados esperados, además de inciertos y de difícil concreción, parten de la urgencia de aliviar la situación de comunidades y de generar en el país un ambiente propicio para que se exprese la movilización social para el cambio y se avance en transformaciones democráticas y de justicia social.

Las dificultades para lograr en este gobierno todos los objetivos de esos diálogos con grupos armados no invalida la necesidad de promoverlos. Si se logran ceses al fuego y cese de agresiones a la población, se tendrán condiciones más propicias para la presión por las reformas de fondo y para planes de inversión y de implementación de viejos y nuevos acuerdos. En ese escenario se aumentarían las probabilidades de acuerdos de sujeción a la justicia y de pasos irreversibles hacia la terminación de los alzamientos armados.

Otra paradoja que se agrega a este momento de inflexión es la alta dependencia de la suerte de la estrategia de Paz Total de los resultados de las exploraciones y diálogos con grupos armados ilegales. El gobierno pone expectativas y presión para que con esas organizaciones se logren resultados en disminución de violencias y en desarticulación de aparatos armados y de sus redes y en esa jugada les permite a cambio protagonismo y posibilidades de mayor coordinación. El riesgo es que grupos como el ELN y las estructuras post FARC aprovechen los espacios para sus fines de fortalecimiento y terminen convirtiéndose en factores de crisis y en obstáculos a las reformas parciales que pretende el Pacto Histórico en el frágil acuerdo interpartidista y social.  

La lucha por la paz en el mundo es parte de la causa por la paz en Colombia

La situación colombiana y las posibilidades de avance en la transición a la post guerra evoluciona en relación con crisis excepcionales en lo nacional e internacional. La crisis mundial actual, agudizada por los impactos de la pandemia, es la más grave desde la segunda guerra mundial e implica reacomodos e inestabilidad de todos los subsistemas.

En medio de la pandemia y en su fase final explotó a un nivel más alto la lucha por la hegemonía mundial que tiene en 2023 su punto más crítico en la guerra en Ucrania entre la OTAN y Rusia, entre la expansión militar dirigida por EEUU desde 2014 y la invasión criminal de defensa de un neozarismo.

Es la guerra a costa de un pueblo que está puesta al servicio de la confrontación de EEU a la emergencia de China como poder mundial en expansión económica y tecnocientífica. También es una guerra contra la posibilidad de un nuevo bloque de poder europeo que pudiera incluir a Rusia resucitada y en expansión. El desenlace puede ser la apertura de otros frentes de escalada bélica con uso de nuevas armas que incluyen la guerra digital, la amenaza de bombas atómicas tácticas y terroríficas armas biológicas.

La guerra por la energía y los bloqueos comerciales es apenas un componente de la confrontación, pero tiene críticas expresiones. La presión a Europa para cortar el abastecimiento de petróleo y gas ruso ha llevado ya al alza escandalosa de precios. Todas las cadenas de suministro están alteradas y se han desencadenado parálisis y desindustrialización en muchos países.

En esta suerte de guerra “tibia” – entre fría y caliente – los grandes problemas de la crisis climática, de las migraciones y el hambre quedan subordinados a la geopolítica de la disputa por un nuevo reparto en el desorden planetario. Al mismo tiempo en Latinoamérica crece la conciencia y la urgencia de construir un bloque autónomo con capacidad de negociar en medio de las guerras comerciales, financieras y las guerras de las armas.

La guerra por la hegemonía tiene consecuencias catastróficas y también abre oportunidades de cambios en modelos económicos y en términos de las relaciones en el escenario mundial.

La agenda del gobierno de Petro y del Pacto Histórico en este escenario tiene grandes apuestas. Es trascendental la determinación de alinearse en contra de toda guerra en la competencia entre potencias, contra toda agresión, ocupación y bloqueos; contra el armamentismo y por la solución de los conflictos por los medios pacíficos y de la diplomacia. Ese alineamiento coloca a Colombia al lado de los países de América Latina y de África que buscan un orden internacional realmente democrático y en paz. Al lado de los que, como el Papa Francisco, llaman al diálogo y al cese de la guerra de la agresión y la rapiña por Ucrania.

Petro ha leído la crisis climática como una crisis de sistema en la cual la lógica de la acumulación capitalista está enfrentada a imperativos éticos que no caben en la función de producción neoliberal, ni en las proyecciones de las grandes corporaciones trasnacionales. Según Petro, el capital no tiene capacidad de internalizar soluciones efectivas a la crisis climática y esto lleva a la humanidad a crisis mayores en medio de las cuales los pueblos se verán obligados a buscar alternativas para otro desarrollo. Las estrategias urgentes que propone son de unidad latinoamericana y de resistencia transformadora. Algunas son fórmulas en borrador, abstractas y teleológicas. Pero lo fundamental es el llamado a entender que en Colombia hay futuro si la humanidad no es empujada a la catástrofe. No es una ideología, es pragmatismo histórico que no tiene respuestas acabadas ni copiadas de los manuales del siglo XIX o de las recetas de las multinacionales.

La interfase entre el momento de transición en crisis en Colombia y la crisis mundial con sus guerras de potencias limita las posibilidades de cambio, pero al mismo tiempo da oportunidad a alianzas con factores de poder en los países del norte envuelto en la quinta revolución científico-técnica y con los más afines en Latinoamérica. En ese contexto se dan mejores condiciones para buscar un replanteamiento en las políticas internacionales de lucha contra las drogas, respuesta al problema de las migraciones y al crimen trasnacional que incluye el lavado de activos y el tráfico de armas.

La oportunidad de la paz total, o paz grande como la llama la Comisión de la Verdad, tiene apoyo excepcional en la comunidad internacional.

La excepción no es la regla

Los más fáciles son los pronósticos del pasado. Según los supuestos de algunos modelos nunca hay equivocación sino corrección de variables y condiciones iniciales.

En este tema de la transición, vista como momento de ruptura con probabilidad de cambio, se pueden dar en Colombia varias trayectorias. Como se ha dicho, el factor clave es el empoderamiento progresivo de las fuerzas del cambio en la alianza entre el Pacto Histórico, sectores del llamado centro – izquierda y los movimientos sociales y culturales.

Si explota otro nivel de crisis, con fractura del acuerdo interpartidista izquierda–derecha y bloqueo de reformas y de diálogos de paz, se abrirá un ciclo de recomposición con fuga a los extremos tanto en el conjunto de las fuerzas del cambio como en las que tienen por prioridad salvar al viejo régimen. La prueba de fuerzas se traslada a la calle y a la formación de una coalición más radical en ruptura con la cúpula del régimen. Si las armas del narcoparamilitarismo y del anacronismo insurgente se suman al coctel, Colombia podría entrar en una fase de crisis crónica en la cual podrían darse nuevas explosiones generalizadas y con menos probabilidad se abriría, en un plazo indeterminado, otra oportunidad para culminar ese paso a la etapa de post guerra con cambio.

El reto para salir del laberinto es aprovechar la transición que está en curso. Se tiene la compleja tarea de resolver positivamente un sistema de ecuaciones simultaneas, con variables autoregresivas que conjugan, entre otras: Pacto Histórico, alianza centroizquierda, movilización nacional, implementar los acuerdos, parar la guerra, sacar las armas de la política, Acuerdo Nacional para cambios efectivos de ampliación de la democracia y la justicia social. Todo en tiempo real en medio de la turbulencia y la locura de las guerras de reparto en el planeta.  

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